30.6.08

Ahi estas, en las nubes

Ahí estas, sobre un horizonte hecho de campos y praderas.
No me has visto; tu mirada se distrae donde
los juegos de luces y sombras entre el sol y las nubes.
Gozas en la marea dorada de una cosecha en verano.

Una gentil brisa del este se arremolina en tus bucles oscuros
demorando su destino.
Estas lejos de mí, y el verde crece infinitamente
entre tus suaves pies y el camino que orienta mi rumbo.

Pronto alguna colina arrancará tu ser de mis pupilas
y ya no sentiré más.
Enredaré tu recuerdo a esas nubes que enmascaran el sol
solo para desearte cada vez que tome por algún viejo recodo
en alguna olvidada y pacifica campiña.

27.6.08

tus Labios

Despegas tus labios, los contemplo

correrse como carmesí telón.

Dejas que, con la sutileza de una brisa

que arrulla un campo nocturno de lavanda,

aparezca esa sonrisa

que ha sido el deleite del Creador.

*

Flotan tus palabras y tus lentos suspiros

buscando reposar en mis cansados oídos

y se conmueve mi esencia al moverse

en mi pecho una esperanza dormida,

una ilusión antigua como mis dedos,

ellos que quieren trenzarse con los tuyos.

*

Es en tu ser donde reside mi peligro.

Pero como Quixote, corro desaforado a enfrentarte

¿Qué otra alternativa me queda si ya he caído

Bajo el amoroso embrujo carmesí de tus palabras?

Me veo atado a tu destino, sin escuchar a dónde va el tuyo.

Solo me queda ganarte, para que nuestros destinos sean uno.

25.4.08

Hoy te vi (acerca de la sorpresa)

Hay pocas emociones que se pueden comparar a las que produce una sorpresa, eso que uno no espera; ¡y que sin embargo ahí está!, a la espera de poder colarse furtivamente en nuestro camino, como si desde el comienzo del tiempo la cita no esperada hubiera sido planeada, lo que es a todas mis luces lo más probable.
El instante de contacto entre la realidad individual sumergida en sí misma con la sorpresa, sea la que sea, es un instante único. No vale la pena hablar de aquellas sorpresas negativas que lamentablemente tanto abundan y cualquier ser pensante, con algo de estima por sí mismo, prefiere aquellas que le dan alegría. Muchas veces las buenas sorpresas logran introducir este último estado de cosas interior en cada uno de nosotros.

Volviendo el quid de este relato a ese momento sorpresivo, se puede recordar con facilidad el sabor del mismo, ya que sin ser algo que se deguste, deja una sensación bastante saboreable a la derecha del pecho, un suave pero patente golpe en las fibras del corazón. Es la naturaleza de una buena sorpresa el impactarnos y descolocarnos a tal punto que instantes después no tenemos muchas nociones de porque reaccionamos como lo hacemos, seguramente al encontrarnos en una situación completamente extraña a nuestro estado pre-sorpresa. Por un corto momento la emoción toma el control de nuestros cuerpos para zarandearnos de nuestra cómoda y racional posición, transportándonos a un mundo donde reinan las osadías más disparatadas. La sensación que nos llena el pecho es la de una insana necesidad de conquistar lo que se nos ponga enfrente, vencer al Goliat de turno, trepar el más infernal de los montes entinieblados, en fin, lo que sea con tal de mantener al objeto de nuestra sorpresa.

Es curioso como cuando el efecto de la sorpresa pasa, cuando este objeto de nuestro repentino deseo vuelve a su posición en el mundo real, nos sorprendemos gratamente de nuestro arrebato. Nos causa alegría y placer traspasar ese umbral que ordinariamente mantiene el equilibrio normal de nuestros asuntos. Es un gusto involuntario y de los más sabrosos, que gracias a Dios todavía nadie puede arrebatarnos.